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viernes, 22 de marzo de 2013

Fileteado



El fileteado es un estilo artístico de pintar y dibujar, típicamente porteño, que se caracteriza por líneas que se convierten en espirales, colores fuertes, el uso recurrente de simetría, efectos tridimensionales mediante sombras y perspectivas y un uso sobrecargado de la superficie. Su repertorio decorativo incluye principalmente estilizaciones de hojas, animales, flores, banderines y piedras preciosas. 

Nacido en la ciudad de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX como un sencillo ornamento para embellecer carros de tracción animal que transportaban alimentos, con el tiempo se transformó en un arte pictórico de la ciudad, hasta tal punto que pasó a convertirse en un emblema iconográfico que mejor representa a la ciudad. 

Generalmente se incluyen frases ingeniosas, refranes poéticos o aforismos chistosos, emocionales o filosóficos, escritos a veces en lunfardo, con letras ornamentadas, generalmente góticas o cursivas. Muchos de sus iniciadores formaban parte de las familias de inmigrantes europeos, trayendo consigo algunos elementos artísticos que se combinaron con los del acervo criollo, creando un estilo típicamente argentino. 

El inicio del fileteado se origina en los carros grises tirados por caballos, que transportaban alimentos como leche, fruta, verdura o pan a finales del siglo XIX. Una anécdota, relatada por el fileteador Enrique Brunetti, cuenta que en la Avenida Paseo Colón, que en aquel entonces era límite entre la ciudad y su puerto, existía un taller de carrocerías en el que trabajaban colaborando en tareas menores dos niños humildes de origen italiano que se convertirían en destacados fileteadores: Vicente Brunetti y Cecilio Pascarella. Un día el dueño les pidió que dieran una mano de pintura  a un carro, que, en aquel entonces estaban totalmente pintados de gris. Tal vez por travesuras o solo  por experimentar, pintaron los chanfles del carro de colores, por lo que otras empresas de carrocería imitaron la idea, dando, de esa manera inicio al decorado de los carros. El siguiente paso fue colorear los recuadros de los mismos empleando filetes de distinto grosor. 

Al pintor que decoraba los carros se lo llamaba filiteador, pues realizaba el trabajo con pinceles de pelo largo o pinceles para filetear. Esta es una palabra derivada del latín filum, que significa hilo o borde de una moldura, refiriéndose en arte a una línea fina que sirve de ornamento. Por tratarse de una tarea que se realizaba al finalizar el arreglo del carro e inmediatamente antes de cobrar el pago al cliente, que estaba ansioso de recuperar su herramienta de trabajo, el fileteado debía realizarse con rapidez. 




Surgieron especialistas habilidosos como Ernesto Magiori y Pepe Aguado, o artistas como Miguel Venturio, hijo de Salvador Venturio. Este último había sido un capitán de la Marina Mercante de Italia que al jubilarse se estableció en Buenos Aires, donde se dedicó al fileteado, incorporándole motivos e ideas de su patria. Miguel estudió pintura y mejoró las técnicas de su padre, siendo considerado por muchos fileteadores como el pintor que dio forma al filete. A él se le debe la introducción de pájaros, flores, diamantes y dragones en los motivos y diseño de las letras en las puertas de los camiones. 

La aparición del automóvil provocó el cierre de las carrocerías instaladas fuera de las ciudades, por lo que los carros y las sulkies de los campos y las estancias debieron ser llevados a las  ciudades para ser reparados de los daños ocasionados. Al hacerlo, también se los ornamentaba con el fileteado, pasando el filete de lo urbano a lo rural. 

El camión eliminó de la escena al carruaje de transporte alimenticio y los primitivos fileteados de estos se perdieron por siempre, pues nadie se tomó la molestia de conservar alguna muestra para la posteridad. Por otra parte, el camión presentaba todo un reto para el fileteador por ser mucho más grande y estar lleno de recovecos. En las empresas de carrocerías trabajaban carpinteros, herreros, pintores de lizo y fileteadores. 

Cuando el colectivo porteño comenzó a dejar de tener el tamaño de un auto para pasar a ser una especie de camión modificado se lo empezó a filetear. La superficie a pintar carecía de divisiones como los de la caja del camión, era metálica, y el filete a pintarse era más elemental, sin figuras. Se utilizaban las líneas arabescas y las figuras. En su interior se fileteaba, en ocasiones, la parte trasera del asiento del conductor. 

El fileteador utilizaba un espúlvero (papel sobre el que se dibujaba la obra), luego se perforaba con un alfiler siguiendo el trazo del diseño, se colocaba sobre la superficie a pintar, y, por último, se espolvoreaba tiza o carbón en polvo sobre él, al estilo de los maestros renacentistas, de manera que indicara por donde realizar el trazo con el pincel. Hecho esto se utilizaba el reverso del espúlvero para repetir los mismos pasos en otra sección de la superficie a pintar, para obtener la misma imagen, pero al revés. De esta manera se lograban las imágenes simétricas, tan características del fileteado. 





A finales de la década de los 60 y comienzos de los 70 fueron años de esplendor para el fileteado, pues, además de los buenos maestros en este arte, existían grandes camiones y colectivos en cantidad. La escultora argentina Esther Barugel y su esposo, el pintor español Nicolás Rubió fueron los primeros en realizar una investigación minuciosa sobre el génesis del fileteado, organizaron el 14 de septiembre de 1970 la primera exposición en la Galería Wildestein en Buenos Aires. La exposición fue un éxito e hizo que la gente de la ciudad comenzara a apreciar aquello que veía cotidianamente circular por las calles, pero a lo que nunca había prestado mayor atención. 

El fileteado dejó de verse como una simple artesanía que servía solo como un sencillo ornamento para carro o camión, y se le dio una mayor importancia, reconociéndose en el país y en el exterior como un arte de la ciudad, que, desde entonces, se separó del camión y se extendió a todo tipo de objetos. Las obras que se expusieron en la galería se encuentran actualmente en poder del Museo de la Ciudad de Buenos Aires. Posteriormente se realizó una segunda muestra, con la presencia de camiones fileteados, que al día siguiente volverían al trabajo, con sus obras de arte a cuestas, como lo habían hecho siempre. 

En 1975 una ordenanza, que fue actualizada en 1985, prohibió su uso en los colectivos, a excepción de un filete entre los planos de color del techo y la parte inferior, argumentando que producían confusión en los pasajeros al momento de tener que leer los números y recorridos de los mismos. A pesar de que esto casi termina con la propagación del filete y que hoy día los pocos colectivos que aun lo usan lo hacen en muy menor medida, logró sobrevivir y difundirse, siendo hoy curiosidad por parte de los extranjeros. 

La generación de artistas surgidos en 1970 dio impulso a difundir la obra y a interesar a los más jóvenes. El fileteado comenzó a pintarse en cuadros, algo en lo que se destacó Martiniano Arce, seguido más tarde por Jorge Muscia. Otra figura relevante fue León Untroib, como maestro de fileteadores, precursor de la utilización del filete en la decoración de diversos objetos y gráfica publicitaria, donde también cabe destacar el aporte de Luis Zorz, Miguel Gristan y, más recientemente, de Alfredo Genovese. A partir de la década de los 90 también se agregan varias mujeres a este oficio. 




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